Friday, January 05, 2007

El metro se partió en dos

La muchedumbre se desbordó en angustia. Sólo habían pasado unos minutos desde que se escuchó un ruido ensordecedor y en seguida el gusano naranja frenó de golpe ocasionando un apagón interno y gritos que más bien se escucharon como aullidos. En un principio, la oscuridad y la incertidumbre reinó los vagones, la gente que se había caído tras la intempestiva parada del metro entre una estación y otra, se ponía de pie y de inmediato trataba de enterarse qué había roto con su inmunda rutina, qué era lo que había impedido llegar a su destino efímero, incomunicados de la civilización salvaje.
¡Malditos bastardos, no sabían lo que habían ocasionado por su inmunda existencia! Se limpiaban de polvo al tallarse la cara y el cuerpo con las manos, unos tosían y se oía en el eco retumbar la pregunta imbécil ¿estás bien?, en seguida llantos y gritos pidiendo salvación volaban por los pasillos negros, comenzó a oler a muerte, un fétido aire inundó el lugar.
El metro era de aquellos nuevos que sólo tienen una hilera de asientos en cada lado para que quepa más gente en medio, las ventanas no se abren completas, por lo que no podía caber un adulto y quizá hasta un niño, por el espacio pequeño.
Pasaron varios minutos y la masa intentaba abrir las puertas y ventanas, se oían vidrios rotos: con los extintores golpeaban las ventanas, algunos lo lograban.
La muchedumbre nunca tuvo el control, por eso eran como animales incapaces de manejar sus emociones, mismas que serán su perdición.
Pocos eran los que trataban de mantener la calma y organizarse, lo primitivo del ser humano estaba concentrado en islas de desesperación.
Era la hora pico, en donde a las 7 de la noche, todos venían desgastados al grado que parecían zombis sudados por la ignominia, el trabajo les absorbía la energía cual vampiro a su víctima.
En el metro se respiraba miedo, enojo, tristeza, hartazgo, desesperanza y rara vez alegría.
Unos en voz alta y otros en su mente se preguntaban si era algún acto del narco, del terrorismo o la guerrilla urbana, que con fines diferentes trataban de espantar a la gente y así, llamar la atención de los políticos corruptos y de los medios de comunicación.
Iban a morir y ellos no lo sabían, quizá lo intuían, por eso en sus diminutos cerebros se repetía una y otra vez su pútrida vida, desesperados trataban de llamar por los celulares para pedir ayuda.
De repente una ráfaga de viento bañado de un olor insoportable se dispersó entre la gente, era una especie de gas venenoso, que al penetrar por la nariz deshacía el cuerpo; se quemaba y retorcía en el suelo como gusano. La piel se despellejó y los órganos se asomaban ensangrentados, salía a la superficie sangre por doquier. Aullidos de dolor extremo retumban por los vagones, donde la muerte vagaba y succionaba vidas hasta saciar su hambre feroz como un verdugo ciego.
El metro se partió en dos, una explosión desencadenó el accidente. Del centro de la tierra salió con una fuerza impresionante un vapor tóxico cual lava saliendo de un volcán debido a la concentración de gases.


Era una sustancia que desde hace años la muchedumbre que utiliza este transporte desprende de sus cuerpos, es un ácido invisible provocado por la tristeza que a su vez se filtró por el suelo y subsuelo, llegó al manto freático, donde la concentración altamente tóxica provocó que hirivera hasta explotar. El ácido que escapó terminó con el origen de su existencia.

Sharenii

2 comments:

Marilui said...

Órale, qué chido está tu cuento, Sharenii. En algún sentido me recordó "Los pájaros" de Dafne Du Maurier, quienes desarrollan su odio a los hombres provocados por las maldades que a través de los tiempos éstos les han infringido a las pobres aves. No cabe duda de que el lobo es el lobo del hombre y tu relato puede ser como ésos de ciencia ficción que al paso de los años se vuelven profecías realizadas.

Enrique Tovar said...

Muy bueno tu cuento Shareni, quien quiera que seas. Me agrada ese patetismo que refleja...