Saturday, October 06, 2007

El destino tiene humor negro

Mi infancia no fue diferente a la de cualquier niño. Reí, corrí, lloré y desde luego tuve una que otra desilusión. Mis padres cuidaban de mí y de mi felicidad, pero eso terminó cuando ingresé a la escuela. Ahí comenzaron los sufrimientos. Ahora que soy adulto conozco que el superyo de los niños aún no se encuentra totalmente desarrollado y por ello no son capaces de controlar, y mucho menos de reprimir, sus comentarios y actitudes más crueles hacia los otros niños. Yo me divertía como todos cuando jugábamos pero también era el momento en que la creatividad, cruel por cierto, de los niños daba lo mejor de sí en todos los apodos que inventaban para referirse a mí. Recuerdo que jugando fútbol, cuando pedía la pelota, gritaban pásasela al “marrano”.

Yo siempre creí que era un grito de guerra que alcanzaba hasta el lugar más recóndito de la escuela. Niños, niñas, maestras y hasta algún padre de familia se enterarían que yo estaba a punto de recibir la pelota. Vivía una mezcla de sentimientos enfrentados y ninguno predominaba sobre el otro: diversión contra vergüenza. La situación que se presentaba era dejar de jugar o estar dispuesto a recibir los apodos que se les ocurrieran. Para un niño que no es capaz de reflexionar y mucho menos defender su dignidad la respuesta era automática: seguir con el juego. Mis compañeritas también recurrían a apodos, quizá menos crueles pero igual de hirientes: “el gordito”.

Ya en la secundaria las situaciones de crueldad se incrementaron. Perfectamente recuerdo que un día en medio de la clase de matemáticas se presentó un temblor de tierra. El asombro y el temor fueron transformados en un grito que corearon mis compañeros: “no saltes, marrano, que haces que la tierra tiemble”. El profesor, que normalmente, nos infundía respeto no pudo evitar que se dibujara una sonrisa en su rostro. También ahora sé que el temor se disipa fácilmente con la risa y sé que les hice un servicio a mis compañeros, pero ¿por qué yo debía ser siempre el objeto de las burlas? ¿Qué acaso no había otros niños con problemas de peso?

La situación cambió drásticamente cuando terminé la secundaria e ingresé a la preparatoria. La adolescencia transformó el panorama. De ser pequeño pasé a ser uno chico alto. Nunca creí en los cuentos de la infancia, pero en mí se había operado una trasformación similar al del patito feo, ahora yo era un cisne. Quizá no un cisne estilizado, pero mi estatura y mi corpulencia operaban a mi favor. Los chicos acudían a mí en busca de protección y las chicas me buscaban, tanto por lo desarrollado de mi cuerpo como por mi popularidad. Esta última me llevó a la gloria cuando ingresé al equipo de fútbol americano. El equipo no era el mejor, pero eso no importaba para mí. Por primera vez en la vida veía en los ojos de mis compañeros un brillo de admiración y no de burla.

La fatalidad no puede ser burlada y eso lo comprobé en carne propia. En medio de un partido común y corriente, intentando recuperar un balón perdido quedé por encima del balón, pero por debajo de una pila de jugadores. Todos afirmaron haber oído un crujido que yo no escuché, pero a cambio de eso sentí un dolor intenso en la pierna derecha.

Los casi tres meses que tuve enyesada la pierna y bajo la promesa de reincorporarme al equipo recibí un sinfín de muestras de solidaridad. Algunos cargaban mis útiles, otros se ofrecían a pasarme la tarea, otros más con una palmada en el hombro o una palabra de aliento. Fue un prolongado declive en mi popularidad. Cuando llegó el momento de quitar el yeso, la movilidad de mi pierna no regresó. Una segunda fractura que pasó desapercibida y que encubierta por el yeso hizo que el tobillo perdiera su movilidad. Mi carrera de deportista se había perdido y no nada más eso. Incluso caminar me resultaba imposible, caminaba de manera peculiar arrastrando un poco la pierna. Una nueva transformación se había suscitado: de ser un cisne me había transformado en el jorobado de Notre Dame.

Una gran porción de compañeros me evitaban y otros me hacían objeto de renovadas burlas. No únicamente la gente se divertía conmigo, sino que también el destino se mostraba conmigo con una cara de humor negro. A partir de ese momento comencé a colaborar con organizaciones de la sociedad civil para defender los derechos de las minorías. Era una lucha, quizá en un plan egoísta, por mí mismo, pero con el tiempo se transformó y se amplió a todas las minorías discriminadas. Yo había encontrado un faro en mi camino, el verdadero sentido que regiría mi vida. A la vez que daba esa lucha concluí mi carrera universitaria. Al paso de los años ambas se consolidaron. El momento de esplendor económico se concretó con la compra de un Audi R8, su silueta baja, su potente motor de 420 caballos de fuerza, su lujo y confort aseguraban que regresaría a la popularidad. En carretera sólo sería la admiración de otros automovilistas. No sería el marrano, no sería el gordito, no sería el patito feo ni mucho menos el jorobado de Notre Dame. Yo sería el objeto de veneración. Así este fin de semana salí con rumbo incierto pero dispuesto a recorrer las carreteras a paso veloz. El aire en mi cara, el sol brillante y el potente rugido del motor eran la garantía de mi felicidad, pero no la entrada a la patrulla en la que me encuentro. La culpa la tiene el triste y mugroso pordiosero que se atravesó en mi camino. El destino nuevamente me hace partícipe de su humor negro.
Carlos P

3 comments:

almartirio auditivo said...

suena autobiográfico y eso es bueno, independientemente de que sea ficción o realidad. Me gusta la construcción de pequeñas historias que en realidad describen al personaje hacia el final, con un desenlace rápido que da un giro y sentido a la historia.

Marilui said...

Me gustó mucho tu historia, sobre todo por el humor negro que refleja, como del Job contemporáneo.

Rosa said...

Peculiar. Son interezantes los giros que se hacen en la trama y es muy bueno ese giro en redondo del cierre, quizas un poco previsorio pero le al cuento un vuelta de tuerca muy buena.