Sunday, November 12, 2006

El hallazgo


Una tormenta de rayos solares nos empapó las espaldas cincuenta segundos después de bajarnos del carro. Nos aguantamos, porque no nos quedó de otra. Se acababa de secar la última gota de gasolina, el pobre armatoste de metal nos sirvió cuanto pudo, pero sabíamos que en cualquier momento nos tendríamos que valer de piernas y lomos para avanzar cargando unos pocos alimentos, palas, picos y la mayor cantidad posible de agua.

Agua es lo que me hizo falta desde que empezamos a caminar bajo esa esfera de fuego. Yo me esforzaba por eliminar de mi mente las visiones de hielos resbalando por mi piel o de sandías repletas de jugo enrojeciendo mis comisuras o de chorros de agua de jamaica estrellándose en mi pecho y expandiéndose por mis entrañas. Me pregunté si a los demás les pasaría lo mismo o yo era el único que alucinaba en ese desierto con los pies enraizados en la arena y los brazos caídos a los costados.

Llevábamos ya un par de semanas de búsqueda. Nos habíamos desplazado en un principio con cierta facilidad en aquél coche antiguo tipo carroza de difuntos, útil para acortar distancias y tan amplio que cupimos los seis junto con las provisiones. Sabíamos lo que deseábamos encontrar, aunque contábamos con pocas herramientas para hallarlo, sin embargo, nos sobraba la esperanza y aquel plano desdibujado, junto con los instrumentos básicos que cargábamos nos dieron fuerzas para cruzar ciudades, bosques y zonas sinuosas entre hileras de montañas sin término aparente.

Pero ahora que estamos tan cerca de nuestra meta, este desierto nos aleja del objetivo, con sus arenas que nos queman los pies aún a través del cuero de las botas, con este astro que nos derrite cerebros, con la atmósfera que nos debilita los miembros. ¿Será el clima solamente? o ¿Se trata de esa extraña historia que nos contaron en el último pueblo por el que pasamos? Recuerdo las caras de horror que pusieron los hombres de aquella cantina cuando les dijimos que nos adentraríamos en esta laguna de arena. Nosotros, gente de ciudad, sonreímos incrédulos ante la ingenuidad pueblerina, disimulamos una sonrisa irónica ante la idea de los demonios de viento, pero ahora…

Mario acaba de caer muerto, luego de violentas convulsiones que también sufrieron Toño y el Chinicuil. Quedamos sólo tres. Tal vez yo seré el siguiente en lanzar un tremendo aullido antes de hundirme en la arena para espantar invisible alimañas que me ataquen el cuerpo. Nunca podré olvidar los alaridos de mis amigos, el terror dibujado en sus semblantes para quitarse de encima algo tan horrible y ominoso que no alcanza a la mirada ajena.

¿Qué era?, ¿Qué les corría por la piel?, ¿qué trataban de quitarse de encima antes de que los penetrara y los asesinara con esa saña?

Los que todavía seguimos vivos caminamos con la ayuda del mapa enrevesado. Tratamos de concentrarnos en la búsqueda para olvidar la maldición que ns persigue. Según nuestros cálculos estamos muy cerca del objetivo. Por cierto, no sabemos si nos alcanzará el agua para regresar…si regresamos. Si no nos matan las alimañas inmateriales, entonces lo hará la sed. Nuestra ambición de encontrar lo que deseamos es tan grande que no nos importa morir con tal de que sea después del hallazgo.

Cayó Joaco con la piel hecha trizas tras la desesperación de arrancarse “eso” de la epidermis. Adrián empieza a sentir picazón: la primera señal de que será el próximo. Así que empuño mi arma y apunto a su sien en cumplimiento de nuestro pacto: evitar tanto dolor.

Continuo. Un hombre y una bala solos en un desierto donde el diablo son mil aguijones invisibles. Mi único pensamiento es llegar y lo estoy logrando. Según el mapa estoy en la zona clave. Y lo sé porque el clima cambia. El sol empieza a congelarse y me envía un viento silbante que me hiela lentamente. No entiendo cómo es posible pasar en un segundo del infierno solar al invierno.

¿Qué es aquello que se ve a lo lejos? Una columna gigantesca de arena hecha torbellino en un punto fijo. Por fin lo encontré. No me vencerán ni este aire que quiere alejarme ni los piquetes que comienzo a sentir en la nuca. Arrastro los pies y cada paso es la suma de todos los esfuerzos de una vida. Me aferro a la pistola, a la cantimplora y a la pala como si me fueran a rescatar de mi destino.

Cierro mi mente a todos los peligros y sólo me concentro en encontrar… buscar…encontrar… mi fin es mi principio. Este momento es la razón de mi existencia. Ahora que he vencido todos estos obstáculos físicos y sobrenaturales lo he entendido. Nací para buscar. El hallazgo es la marca de mi muerte.

Marilú

4 comments:

Rosa said...

me gusta tu estilo subjetivo aunke lo siento un poco peliculesco en cuanto a la ambientación y los personajes cuando van muriendo uno a uno, pero lo considero un buen texto.

Anonymous said...

hola Marilú! me gusta como escribes, tienes la capacidad de crear imagenes literarias y en lo personal eso me gusta...

Anonymous said...

hola Marilú, no tengo mucho que decirte, solo que me gustan tus imagenes literarias, me encanta cuando se expresand e forma simbolica

Carolina said...

hola, no se kien seas pero kiero felicitarte por ke tu cuento me encantó, sobre todo el suspenso en el ke nos pones. Bye, besos.