Sunday, April 01, 2007

Capítulo I


Aún recuerdo la primera vez que cobré dinero por tener sexo. Llevaba tres días en la calle, mi padrastro me echó de la casa cuando me encontró en la cama con Luis, su hijo menor. A manotazos y gritos furiosos apartó a su hijo de mí, desnudo de medio cuerpo. Estaba rojo como un tomate, con las fosas nasales dilatadas que silbaban con su respirar rápido y agitado. Apenas tuve tiempo de tomar mis pantalones y mi camisa, al ponérmelos daba volteretas mientras ese hombre me empujaba por toda la casa. No me golpeó, seguro quería hacerlo, seguro quería arrancarme la cabeza y destrozarme a golpes.
Juan, su otro hijo, salió corriendo de la cocina con un mendrugo de pan en la mano, y al ver la escena corrió a ayudarme olvidándose del mendrugo y del respeto a su padre. Yo me estaba divirtiendo de lo lindo. Siguiendo las enseñanzas de la sabia Medea, no es conveniente atacar al adversario cara a cara, no, hay que cobrarse con su bien más valioso.

Para ese hombre hosco y malencarado saber a sus hijos maricones- como los llamó mil veces- era lo peor que podía pasarle. Juan se interponía entre su padre y yo que, tirado en el piso me ponía los zapatos tan rápido como podía, con la mirada en los dos hombres, para no perderme ni un segundo del espectáculo.
Luis salió del cuarto descalzo y cerrándose los pantalones, asustado de morir y aún sudoroso. Ahora viene lo bueno, pensé. Al verlo, Juan entendió de inmediato lo que los gritos y manotazos furiosos de su padre no habían podido- o no habían querido- explicarle.
La reacción fue inmediata: Juan buscó una explicación y yo solo sonreí como si fuera lo más normal del mundo, con un poco de cinismo debo admitir. Los tres idiotas lo entendieron al instante.

Las miradas de odio y asco que se dirigieron me hubieran causado un ataque de risa si no fuera porque mi padrastro, más furioso que nunca, se abalanzó sobre mí y ésta vez me llevó hasta la puerta arrastrando.

Antes de salir a gatas le volé un beso a sus hijos y el hombre calvo y gordo trató de alcanzarme la cara con un golpe que habría atinado si no fuera porque su obesidad lo hacía lento como caracol.

Mientras caminaba me felicitaba a mí mismo por lo que había hecho, me había liado con los dos retoños de aquel hombre asqueroso que, años antes, cuando mi madre aún vivía, se metía en mi cuarto por las noches. Recuerdo que para evitar que gritara, me ponía la muñeca sobre la boca y yo lo mordía tan fuerte que hacia brotar sangre.

Ese septiembre las noches eran frías, llevaba dos días sin comer, dormía en una banca y caminaba sin rumbo por el parque. Debí haber pasado mil veces por aquella esquina donde los chicos, no mayores que yo, se prostituian.
Ese lugar estaba llamándome y el hambre me hacia cada vez mas difícil no escuchar sus cantos y promesas.
El tercer día no aguanté más, con el estomago chirriando me planté en la esquina a esperar. Un auto azul se detuvo frente a mí y sentí ganas de correr pero mis piernas no se movieron.

-¿Cuánto cobras?

-Mil.- conteste tratando de sonar convencido.

-Es mucho, te doy quinientos. Súbete.

El sujeto era gordo y a punto de la calvicie, me recordó a mi padrastro. Se agitó del mismo modo y por si eso fuera poco, al igual que aquella bestia, resulto eyaculador precoz.

Me devolvió a la esquina una hora más tarde y con el dinero me compré dos bollos que me supieron a gloria. El primer paso estaba dado, ya no había marcha atrás.
Cinco años después dominaba el negocio como había dominado juegos de video en la niñez, en gran parte, todo era un juego. Uno que dejaba suficiente dinero para vivir bien y poder ahorrar para mi operación.

Había investigado, en algunas ciudades de Europa era gratuita. Es tu derecho, me dijo una psicóloga, si estas seguro del cambio de sexo estás en todo tu derecho pues es tu cuerpo, por eso el gobierno debe ofrecerlo como algo gratuito, aunque en este país sería más fácil ver al papa preso antes que una operación de cambio de sexo gratuita.
La operación sí se realizaba en este país pero a precios tan altos que seria un anciano para cuando juntara el dinero. Mejor era ahorrar para el viaje a Europa, sólo de ida, después ya me las arreglaría para nacionalizarme y obtener mi operación.

Me cambiaría el nombre, me pondría el de mi madre, ése que soñaba legarle a su hija y que por desgracia ambas murieron durante el parto.

Forbidden Vianey

2 comments:

rosa said...

me gusta que no provoque tanto morbo lo que sie s que casi al final la trama se apresura talvez demasiado y se podría perder el ritmo.

Forbidden Vianey said...

Me gustaria que le dejaras el nombre solo en "Capitulo I" ^^U